
La convergencia entre los ahorros globales para la jubilación y la financiación de la infraestructura de inteligencia artificial constituye el impulsor central de una nueva generación de riesgos sistémicos. Este riesgo no radica en una posible “desaparición” de la demanda de IA, sino en la arquitectura de financiación que la sostiene: compromisos de capital a muy largo plazo (fondos de pensiones, compañías de seguros) financian activos tecnológicos cuya vida económica es estructuralmente más corta, mediante vehículos fuera del balance (SPV), crédito privado y titulizaciones cuya transparencia sigue siendo limitada.
